LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Alberto Nieto

Hablamos con Alberto Nieto, copropietario y gerente general de la firma colombiana de ropa masculina Carlos Nieto, sobre cómo lograr que una marca sea exitosa y resista el paso del tiempo.


Por: Francisco J. Escobar S. / Fotografía: Ricardo Pinzón

 

 “TOQUE”, ME DICE. Y YO TOCO. “¿Ve? Lo que hay aquí es de calidad”, me explica el bogotano Alberto Nieto, propietario y cerebro principal de Carlos Nieto, la histórica casa colombiana especializada en ropa masculina que compite en el segmento de lujo con las tradicionales marcas extranjeras de alta gama. Son las 10 de la mañana de un martes de mediados de mayo en la capital del país y recorro con Alberto los salones de una de las tiendas por las que siente mayor orgullo, la de la calle 108 con avenida 19. Aquí, además de hallar el universo habitual de la marca, el comprador puede encontrar la línea Platino: piezas de lujo en ediciones limitadas, calzado manufacturado en España, corbatería de Francia... “¡Toque!”, vuelve a decirme. Y toco, otra vez. Tengo entre mis manos unos paños ultralivianos italianos, los que dan vida a los trajes que me rodean. “La mayor parte de nuestra materia prima proviene de Italia, y en menor medida de España, Portugal e Inglaterra. Pero todo se diseña y se confecciona en Bogotá y se comercializa en todo el país. Somos una marca colombiana, con mano de obra y talento de aquí”. Alberto sigue caminando y me conduce a la sala Sartorial, el espacio visitado por los clientes que quieren sus trajes, sacos, pantalones, camisas, guayaberas y hasta sus zapatos a la medida. Aquí suelen acudir, entre otros, muchos novios en busca del atuendo perfecto para su matrimonio, pero, además, si los ven muy estresados, los asesores de la tienda les recomendarán que se pasen por el spa, ubicado a unos cuantos pasos. Sí, todo en uno. Una grata experiencia en una sola tienda. 

 

Pero para llegar a ofrecer todos estos servicios, la marca Carlos Nieto, que hoy cuenta con 16 tiendas en Colombia y una en Venezuela, ha tenido que apostar, afrontar grandes transformaciones y superar momentos difíciles. A la cabeza de todos estos cambios se encuentra Alberto Nieto, un publicista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano quien, como él mismo lo reconoce, llegó a conducir el negocio familiar en un momento inesperado. 

 

Es el menor de tres hijos: “Yo era el consentido de mi madre”, estudió en el colegio Anglo Colombiano. En su casa había un ambiente creativo. Su padre era periodista y publicista, fue corresponsal para El Espectador y a veces lo invitaba a las filmaciones de sus comerciales (hizo campañas para Top y La Fina). Su mamá, reconocida como una de las mujeres más elegantes de Bogotá, comenzó a traer al país ropa de marcas de lujo como Dior o Givenchy. “Eso fue un boom en esa época, las mujeres estaban encantadas con la posibilidad de tener las prendas de diseñador de las que tanto oían hablar, pero no se conseguían en Colombia”, recuerda Alberto. 

 

A los 20 años, su hermana Vicky voló a Florencia (Italia) a estudiar Moda; mientras tanto, su hermano Carlos –11 años mayor que él– daba pasos firmes para convertirse en diseñador y empresario. Muchos de ustedes quizá conozcan la historia de aquel mítico almacén llamado Don Carlos, que abrió sus puertas en 1977 frente a la tienda Belvedere –donde trabajaba la mamá de los Nieto con el diseñador de interiores William Piedrahíta–. Es ahí donde comienza la historia de la compañía actual. “Carlos abre un local en el que vendía objetos de decoración y algunos trajes para hombre. La ropa, más que los elementos decorativos, empezó a tener protagonismo. Era lo que querían sus compradores. Él lo notó y, por ejemplo, comenzó a vender jeans con un corte propio, que fueron muy valorados porque tenían una horma sensacional. El lugar se convirtió en punto de reunión de muchas personalidades capitalinas: empresarios, políticos, artistas”. Ese fue el primer paso. Luego, en 1981, el negociante exitoso decide abrir su primera tienda en el aún joven Unicentro, pero la bautizaría como Carlos Nieto. Este sería el inicio oficial de la firma. Una que, según Alberto, se ha mantenido a través de los años porque, más allá de las acertadas inversiones, no ha perdido “el buen gusto”. Me dice enfático: “Usted puede estudiar Diseño de Moda en la mejor escuela del mundo, pero de nada le servirá si no tiene buen gusto, si no elige bien los materiales, si no entiende la importancia de las proporciones, el equilibrio, la armonía, la estética... ¡El buen gusto!”. 

 

EL NOMBRE “CARLOS” HA MARCADO SU VIDA, así se llamaban su padre y su hermano, así se llama su negocio, pero ese también es el nombre de pila de uno de los grandes amigos de su vida: Carlos Vives (ese mismo). “No soy diseñador de moda, soy publicista y estudié mi carrera e hice la tesis de grado con él en la Jorge Tadeo Lozano. Siempre he sido un apasionado por la música, de hecho, cantaba en un coro polifónico con Carlos Iván Medina –otro Carlos; quien es, además, tecladista de La Provincia de Vives–. Yo puedo decir que, en los ochenta, en esa época del rock en español, le presenté a Carlos a Fito Páez, en acetato; y luego, pasados los años, cuando ya Carlos empezaba a ser una estrella, él me presentó a Fito Páez, en vivo y en directo, je, je. Pero fui yo el que se lo mostró primero”. 

 

Alberto, quien habla pausadamente –sin afanes– y tiene una voz profunda que ha sido parte de muchas cuñas radiales, se ha casado dos veces, tiene dos hijas de su primer matrimonio: María Camila –estudió tres años de Medicina y ahora sigue Pedagogía– y Ana María –quien estudia Diseño de Moda en Parsons–; y ha sido la figura paterna de Melissa, la hija de su segunda esposa –la joven está a cargo de las labores de mercadeo y comunicación de CN–. Dice que desde muy pequeño, siguiendo el ejemplo de sus padres, se preocupaba por su look. Es un hombre que siempre está impecablemente vestido y que no teme mezclar marcas en su atuendo. Prefiere los perfumes amaderados y cítricos (el día en que nos vimos me contó que llevaba una mezcla de dos fragancias), le gustan los relojes que tienen “más diseño implícito”, como Welder, ODM, Locman o Tateossian. Dice que su vida cambió –y me pide que se lo cuente a los lectores de Esquire– cuando para el momento de afeitarse descubrió los productos de la marca The Art of Shaving.

 

Alberto empezó a trabajar para Carlos Nieto a finales de los ochenta (su madre ya había muerto) en labores publicitarias y de comunicación. Su hermano mayor, quien siempre lo había visto como el “pequeño”, elogió su labor: le había dado un aire fresco a su marca. La salud de Carlos se debilitó. Lo que los médicos habían diagnosticado en 1993 como una pancreatitis aguda, un año después se sabía que era un cáncer. El 22 de abril de 1994, Carlos le pidió al menor que, pasara lo que pasara, él debía ser la cabeza de la marca que había creado. “Al día siguiente, lo recuerdo muy bien, me estaban cortando el pelo en un local frente a la oficina de mi hermano y de repente entró su esposa, me abrazó y me dijo: ‘Carlos acaba de fallecer’. Ya han pasado 20 años”. 

 

En 1995 Alberto estaba totalmente dedicado a Carlos Nieto. Pero, ¿cómo logra un publicista que no conoce bien el negocio textil sacar a flote una compañía que no estaba en su mejor momento? “Escuchando a los que sí saben”, me dice. “Yo no tenía conocimientos en temas administrativos, no sabía cómo manejar y liderar un negocio, no sabía nada de proveedores o de las calidades de las telas, entonces tuve que dedicarme a aprender, a oír a los que conocían este medio y a tratar de equivocarme lo menos posible en la toma de decisiones. Cada día era una escuela”. Y hubo semanas de tedio y temor. “En ese momento la firma tenía problemas financieros. Pensé que la salida más sensata era poner en venta la mitad de las acciones. Se hizo un estudio, una valoración, y nos dimos cuenta de que nos ofrecían muy poco por ellas. Fue mi hermana Vicky –dueña del cincuenta por ciento de la marca– la que me dijo que me tomara las cosas con calma, que con el paso del tiempo todo iría mejorando; ella, y uno de mis consejeros de siempre, Gerardo Flórez –a quien Alberto conoce desde primaria y es el gerente comercial de CN–, me ayudaron a redireccionar la compañía. Al final, ha sido labor de mucha gente, de oír consejos”.

 

Varias han sido las marcas colombianas de ropa masculina que trataron de mantenerse en la franja premium, pero que, por conflictos familiares o la incapacidad de reinvención, tuvieron que salir del mercado (un ejemplo triste de eso es la firma Hernando Trujillo). Otras no han resistido la lucha frontal contra las marcas extranjeras de alta gama. Pero Carlos Nieto sigue ahí y está en constante renovación: “Comenzó a decirse que éramos una marca de ropa para viejitos, para señores, y eso no es cierto. Hoy tenemos, por ejemplo, la línea Lab, pensada para los más jóvenes, que tiene siluetas más entalladas, cortes más modernos, mayor colorido. Muchos de nuestros clientes han permanecido con nosotros a través de los años, muchos de ellos traen a sus hijos, y nuestra obligación es que estos también encuentren ropa interesante en nuestras tiendas. Se suele pensar que somos solo una marca de trajes, como para la gente que vive en tierra fría, pero no; mire, ahí tenemos disponible nuestra línea Verano, que se especializa en linos, algodones livianos, y que tiene mucho colorido en su calzado, en las medias, los cinturones y las camisas, ¿ve?”, Alberto me mira fijamente y continúa: “Sintetizando toda esta charla que hemos tenido, lo que puedo decirle sin temor a equivocarme es que aquella marca de ropa, sea masculina, femenina o infantil, que no innove, está absolutamente condenada a desaparecer del mercado”. 

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