LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
¿Cómo era el amor cuando no había Whatsapp?

Por: Lucía Martín Imágenes: Getty Images

Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, los sentimientos vagaban por la faz de la tierra, alegres, sin preocupaciones. Pasaban los días jugando entre ellos. Un día, el Amor y la Locura decidieron jugar al escondite. Mientras la Locura contaba hasta diez, el Amor fue a esconderse tras un arbusto. Alguien le dio una espada a la Locura para que intentara localizarlo y ella, sin saber que se escondía en el arbusto, fue decidida y lanzó la espada, dejándolo ciego. Se sintió tan culpable que decidió convertirse en su lazarillo. Es por eso que desde entonces se dice que el amor es ciego y que siempre va acompañado de locura.√√


No, no te pedimos que te conviertas en un pusilánime como Hugh Grant en la película Sense and Sensibility: acuérdate de su papel, tan tímido, tan introvertido, tan incapaz de manifestar sus sentimientos, tan políticamente correcto para aquella época en la que pasaban los años y el amor no se materializaba nunca, para mayor desazón de la protagonista femenina. Entre esto y ser un cromañón que agarraba a la mujer del pelo para llevarla a la cueva, hay posibilidades múltiples. Y ya se sabe: en los términos medios está la virtud.

Vamos a hacer un recorrido por el amor tal y como era antes de existir la tecnología y el WhatsApp. El amor como lo vivieron nuestros padres, abuelos y bisabuelos, con sus rituales, sus formas de hacer, sus letras manuscritas que destilaban pasión contenida y esa espera que generaba mariposas en el estómago. ¿Cómo era antiguamente la conquista? ¿Qué se hacía para atraer a las mujeres? ¿Qué perdimos en el camino? He aquí un viaje por el romanticismo del pasado.

La letra, vehículo de la pasión
En la magnífica obra El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, Florentino Ariza, enamorado hasta la médula de Fermina, le transmite su amor a través de elocuentes cartas que giran todas en torno a la misma temática: sus sentimientos, la pasión, los ardores... Y es que antes, cuando no existían ni los correos electrónicos, ni los teléfonos celulares, la gente se comunicaba por carta, un vehículo extraordinario para enviar una letra de cambio pero también, para dar rienda suelta a las pulsiones del corazón.
Todos los seres humanos conservamos alguna carta de amor manuscrita, o un pedazo de papel de letra nerviosa, de aquellos primeros amores de la infancia. Fuimos adolescentes calenturientos pero también, ¡nos enamoramos locamente de esa niña linda de nuestro salón!
La letra manuscrita permitía mantener viva la llama de ese amor que, a menudo, no pasaba de ser platónico. En otras ocasiones era un amor tormentoso, prohibido: el objeto de adoración podía ser una mujer casada o, incluso, un miembro del clero. Son conocidas las correspondencias tórridas entre célebres personajes como la que mantuvo Charlotte Brontë con Constanting Héger, el que fuera su tutor de francés, hombre casado y con hijos. Otras cartas apasionadas fueron las de Franz Kafka a Felice Bauer, las que se escribieron Frida Kahlo y Diego Rivera, Vladimir y Véra Nabokov, etc. Además, en aquel entonces se cuidaba la palabra, el verbo, la ortografía, no como sucede ahora con los mensajes de Tinder: ola guapa, k tal?, vamos x unas cervezas?
Las conversaciones eran pura poesía, recordemos al gran Cyrano de Bergerac, al que dio vida en el cine el francés Gérard Depardieu. Sí sufría como tonto por un amor inalcanzable pero al menos lo hacía con estilo y de forma elegante.
Aparte del correo postal, había otras formas de comunicarse un poco más rápidas, algo así como nuestro correo electrónico actual. Por ejemplo, en París de 1866 existían los pneumatiques, más conocidos como pneus (literalmente, neumáticos), que se inventaron para comunicar el Grand Hotel con el edificio de la Bolsa. A partir de 1879 su uso alcanzó a la población en general. ¿En qué consistían? Había unas 120 estafetas que permitían enviar cartas a través de un sistema de tubos de aire comprimido a una velocidad de un kilómetro por minuto. En dichas oficinas se adquiría el papel timbrado, se escribía el texto (hasta veinte líneas, había que ser breve), y se doblaba la hoja, poniendo la dirección por la otra cara. Tan solo unos minutos después de haberlo enviado, el cartero lo llevaba a la dirección del destinatario, era lo más parecido a un sistema de comunicación en tiempo real de aquella época.
Otra forma de comunicar la pasión eran los periódicos, comprando espacios publicitarios en los que el usuario daba rienda suelta, siempre con un límite de palabras (y de presupuesto) a sus sentimientos más intensos. Hace unos años en España, existía una sección que aparecía todos los viernes en El País, titulada “Te vi”. Los lectores publicaban pequeños anuncios en los que buscaban ponerse en contacto con hombres y mujeres con los que se habían cruzado (algo así como la actual aplicación Happn, que te permite ligar con alguien que has visto en la calle, pero del año 2000): “Te vi, el martes pasado en la línea 5 del metro, entre Callao y Gran Vía. Llevabas suéter azul y falda de mezclilla, botas de flecos y estabas leyendo un libro. Iba sentando enfrente, soy el de los lentes”. Evidentemente, no existía ninguna garantía de que la destinataria de las palabras las leyera y pudieras finalmente encontrarte con ella, pero, ¿acaso no era romántico?
Con las nuevas tecnologías, ese romanticismo se ha ido al garete: ahora es todo mucho más inmediato y rápido. Y efímero también. Se intenta ligar por WhatsApp, a través de las páginas para buscar pareja (se pagan más de $60.000 al mes por afiliarse) o, incluso, a través de Twitter o LinkedIn. Cualquier medio a nuestro alcance es válido. Aunque, para ser justos, también es cierto que estas herramientas son más eficaces a la hora de encontrar al amor de tu vida: hace unos años una neoyorquina localizó al chico del que se enamoró en un vuelo entre Dallas y Calgary gracias a Twitter y al hashtag #FindClauco. Más recientemente, una española buscaba en las redes a un hombre a quien había conocido once años antes: el anuncio Paco-merte (juego de palabras entre el nombre del chico y la expresión “para comerte”) ha salido publicado en varios medios de comunicación.

La música formaba parte del cortejo
Aquellas serenatas debajo del balcón de la amada (para enojo del progenitor y de los vecinos), aquellas canciones de tu época universitaria, aquella guitarra de tu padre, esos casetes que grababas con amor y dedicación, con una selección de canciones exquisita. Sí, la música ha ayudado a lo largo de la historia a que los amores se materialicen. Y no solo por regalar melodías para el oído de la chica de tus sueños sino porque los bailes, las fiestas de pueblo y las discotecas después, fueron escenario de flechazos.
Eran otros tiempos, de incertidumbre y de mayor riesgo: te gustaba una chica, te acercabas o, con un poco de suerte, te la presentaban. Y si se gustaban, quedaban de verse ¡el siguiente fin de semana! ¿Y si no llega? Era la pregunta que te carcomía durante toda la semana... Y nada de buscar su perfil en Facebook y enviarle una invitación: entonces no había más información que la que intercambiabas el día del encuentro o la que te podía facilitar un/a amigo/a en común…
El rito del casete formaba parte de ese querer meterte a la chica en el bolsillo: elegías la música, apretabas Rec en ese equipo de música decimonónico y te tocaba rebobinar la mayor parte de las veces porque el maldito locutor del radio justo empezaba a hablar antes de que la canción terminara. Una vez terminada la selección, estampabas de puño y letra, un título, el que fuera: “Para X, con amor”. Y trabajabas laboriosamente la carátula con algún collage, porque el continente era tan importante como el contenido. Sí, no era una copia original, pero la habías trabajado tú.
Todo eso desapareció y los soportes han cambiado: ahora compartes una lista en Spotify, la ventaja es que la selección puede ser infinita, pero claro, no tiene tanto charme.


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Las llamadas a casa de los papás
Hoy básicamente te comunicas por WhatsApp, torturándote sobre por qué no te contesta si ya apareció el doble check azul o por qué tarda tanto en hacerlo si está online… Si te interesa la chica, la llamarás al celular pero antes de su existencia no había forma de hablar con ella directamente, tenías que pasar, horror, por el teléfono fijo de casa de sus papás. Y ahí estabas: con las manos sudorosas, al lado del teléfono fijo de casa de los tuyos, como quien deshoja una margarita: llamo, no llamo… Aprovechabas el momento en que la casa estaba vacía para hacerlo y, por supuesto, respondía el papá. Había dos opciones: colgar o ser un macho y atreverte a hablar: “Hola, buenas tardes, ¿está Laura?”, te oías decir con voz temblorosa. Si los papás estaban presentes, las conversaciones solían ser cortas y ella respondía a punta de monosílabos, que eran más que suficiente para que colgaras el teléfono (de los de marcar con la rueda) con el corazón desbocado.

La cita
Si todo iba bien, había cita. No, no hemos dicho sexo, en los tiempos de Matusalén rara vez había sexo en los primeros encuentros; de hecho, nuestros abuelos y bisabuelos solo tenían encuentros sexuales tras celebrarse la boda (o eso nos decían). La cita suponía que te pasaras horas decidiendo qué ponerte, cepillándote los dientes, peinándote y robándole la loción o el after shave a tu papá o a tu hermano mayor. El plan podía ser ir por una hamburguesa, al cine o a un parque, daba igual, lo importante era verse a solas, aunque el cine era más emocionante porque estaba oscuro y podían estar agarrados de la mano.
Siempre pagaba el hombre, ya fuera el pasaje del autobús o la cena. La dejabas pasar primero, le abrías la puerta e incluso, abrías la silla para que se sentara. Cosas de todo un gentleman. Y después, lo cortés era acompañarla a su casa, siempre. La noche acababa con las manos sudorosas por los nervios acumulados, la temperatura del cuerpo elevada y, con suerte, alguno que otro beso o abrazo furtivo.

La etapa final: conocer a los papás
La pedida de mano era algo como una visita al dentista, o incluso peor, como la última etapa de un triatlón, esa en la que te quieres morir y no ves el final aunque solo te falten algunos metros por recorrer. La visita a la casa de los padres venía a ser algo similar: lo habitual es que llevaras algún detalle para la mamá, flores o chocolates. Te vestías con tus mejores galas pero daba exactamente igual, el papá de tu novia te miraba como si acabaras de salir de Woodstock y estuvieras hasta el pelo de marihuana. Eras el tipo que le iba a robar a su niñita y eso ya te hacía odioso ante sus ojos, aunque estuvieras en la mejor universidad.
Un interrogatorio policiaco era una broma comparado con las preguntas a las que te sometía el papá: cómo era tu familia, qué hacían tus padres, qué proyectos tenías y la más importante: cuáles eran tus intenciones con su hija. Si pasabas la prueba, podías quedarte a comer.
Lo último que quedaba era decidir la fecha de la boda, porque el amor romántico terminaba en boda y en sucesivos bautizos, esa era la tradición. Sí, quizás ahora no vaya contigo y te parezca anticuado, pero seguro que era emocionante no saber si volverías a ver a esa chica el sábado en el bar.

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