LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE

Rockero de nostalgia y salsero de profesión, Cali, Valle del Cauca, 66 años.

Por: Fernando Salamanca / Fotos: Cortesías


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> Si tuviese que escoger un oficio sería el de músico. Puedo vivir sin actuar en televisión o en teatro, pero no sin hacer música.

> En la casa vivían cinco niños, una ancianita y mis dos padres. Mi mamá debía ingeniárselas para estirar la plata hasta final de mes. Sin presupuesto para niñeras y con mis hermanos en el colegio, ella me dejaba solo en un cuarto todo el día. Para distraer el aburrimiento, yo miraba a los niños que jugaban fútbol en la calle y me imaginaba jugando con ellos: les indicaba qué pase hacer o cómo evitar que les anotaran gol. Era un director técnico a la distancia silenciosa de la imaginación.

> Mi madre tiene una voz hermosa. Cantamos a dúo Mi bendición, que compuse para mi hijo hace un par de años. El público estaba emocionadísimo y yo al borde de las lágrimas, creí que ella también. Cuando terminamos la canción, ella me dijo: “¿Entonces qué chino, nos cantamos la otra?”.

> A Hard Day’s Night (el tercer álbum de estudio de los Beatles) me cambió la vida. No me importaba dejar de ir al colegio para quedarme escuchando el acetato una y otra vez en la sala de mi casa. Recuerdo que una tarde agarré la mesa de noche de mi cuarto, le quité la cubierta y armé una batería junto con las tapas de las cacerolas.

> En mi orquesta María Canela siempre hay una guitarra eléctrica, la toca Alexis Restrepo, un rockero viejo que ensaya ocho horas todos los días. En los conciertos bromeo diciendo que somos los Rolling Stones de la salsa. Aunque, pensándolo bien, mi orquesta se parece más a la de Santana: una mezcla de rock y salsa sin fisuras ni discordias.

> Yo hago canciones que me salen del corazón, otras comerciales, y otras más que retratan a Colombia. Cautivos, que cuenta la historia de un grupo de secuestrados, es una manera de hablar sobre la paz, mi grano de arena para alcanzarla.

> Cuando cumplí diez años mis padres me llevaron a un circo que se estaba cerca de casa. Recuerdo un payaso que hacía fonomímica mientras sonaba Chella là, de Renato Carosone. Yo me moría de la risa con sus muecas y piruetas tocando el trombón o haciendo el que cantaba. Una tarde que mi madre me regañó muy fuerte, y con ganas de desahogarme de la reprimenda, fui hasta la carpa de aquel circo y hablé con el coordinador de personal, quien se alistaba para la presentación de la noche. Le dije que era un niño artista, que vivía con unos tíos que me trataban muy mal y no me daban de comer, y que quería irme con el circo. Para reforzar mi coartada, le aseguré que sabía hacer fonomímica. “Hágame un número”, dijo el tipo. Saqué mi consola, coloqué la canción de Carosone y comencé a actuar como aquel payaso. A él le gustó mucho mi estilo y decidió que podía hacer parte del circo. En esas estaba, cuando un vecino se dio cuenta en las que andaba y le avisó a mi madre, que fue hasta allá, regañó al tipo del circo y me jaló de las orejas hasta la casa.

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> With a little help from my friends, en la versión de Joe Cocker, es mi canción preferida. Cuando la escuché por primera vez me enamoré de ella, creí que Cocker era una cantante negro pero me encontré con semejante mono bien plantado.

> Al comienzo de mi carrera me ganaba la vida cantando boleros. Con mi grupo, Los primos, recorrimos bares, tabernas y cuanto sitio de mala muerte existía. Fui un hombre de la noche. Algunas veces me preguntaba por qué, en vez de ofrecernos un pase de perico o un vaso de aguardiente como propina, no nos invitaban un sancocho de pescado o una cena decente. Él único que intuyó mis necesidades fue Carlos Varela. Lo recuerdo con su cuaderno debajo del brazo, como un estudiante universitario, a ver qué talento se encontraba por ahí. Su ayuda providencial me permitió irme a la cama sin el estómago vacío. A cambio de su generosidad, le enseñé a tocar las maracas, que luego fueron su instrumento preferido.

> En los años sesenta, cuando pertenecía al MOIR, me reunía con un grupo de amigos fanáticos de los Beatles, entre ellos Diego Betancur (hijo del expresidente Belisario Betancur), Guillermo Perry y Roberto Pombo. Andrés Pastrana llegaba a nuestras reuniones sin haber sido invitado; entonces, cuando veíamos por la ventana del apartamento que llegaba en su Mercedes Benz, nos escondíamos, apagábamos la luz y esperábamos a que se fuera. Los años setenta fueron años perdidos, años de la nostalgia, de la utopía.

> Uno de los personajes que más he disfrutado es el Sargento García en la película Golpe de estadio. Viví dos meses en un pueblo que construyeron en los Llanos Orientales. Nos encontrábamos con la guerrilla en el camino, pero en aquella época nos dejaban pasar por ser artistas. Veíamos los aviones fantasma del ejército abrir fuego. Era parte del paisaje cotidiano. El otro que me gustó fue un bufón. Tenía el pelo largo y me lo pinté de color zanahoria. Era para la obra de teatro El Rey Lear de Shakespeare, un montaje ambientado con la música del maestro Eduardo Carrizosa y con la participación de Enrique Grau.

> Los críticos de cine son injustos con las películas de Dago García. Él contribuye a generar una cultura de cine que el país no tiene. Llena auditorios y salas de cine porque muestra lo chabacanos que somos. Llevamos aguardiente o bocadillo veleño cuando viajamos al exterior, le hacemos chistes pendejos al señor de inmigración.

> Conocí a Jaime Garzón en 1997, en una fiesta en su apartamento. Él mismo me abrió la puerta y comenzó a molestarme: “Oiga, usted tiene una canción que me encanta”. Le nombré algunas que habían sonado en la radio, pero él me paró en seco. “Es Canela, ¡usted no sabe la canción que tiene!”. Toda la noche me pidió que la cantara: primero en balada, después en rock, vallenato, bolero, y luego de unos tragos, en todos los géneros que se nos ocurrieron. En mi estudio hay varias fotos suyas. Cuando supe que lo habían asesinado, las empaqué con otros cachivaches y salí de Bogotá hacia la finca de un amigo. Me fui porque sabía que me iban a buscar para que cantara Quiero morirme de manera singular, y la rabia, el dolor y la frustración no me hubiesen permitido hacerlo.

> No me interesa la fama. Aunque admito que el champú que me di en ‘Yo, José Gabriel’ no se lo ha dado ningún otro cantante.

> Tres personajes que no olvido de ‘Yo, José Gabriel’: Celia Cruz, por su sencillez, la tuve al hígado en dos programas; el más difícil, Raphael, un tipo que ponía distancia, y el que más me impactó, Jaime Bayly, un tipo brillante, dejó a todo el mundo perplejo, hasta a los técnicos.

> Compuse una canción para Fanny Mikey en el 2006, aprovechando que mi orquesta cerraba el Festival Iberoamericano de Teatro. La canté y ella se quedó quieta en el escenario; algo raro, siendo una apasionada por el baile. En aquel momento recordé que varias semanas antes, mientras ella revisaba los detalles finales del Festival, entré a su oficina sin golpear. “¿Qué querés Chesar (así me decía)?”. Yo le respondí: “Fanny, te hice esta canción”, y le alcancé la grabadora para que la escuchara. Se quedó en silencio, concentrada mirando la calle. Un minuto después se volteó hacia mí y dijo: “¡Cómo me conocés de bien, hijueputa!”.

> Dos años después, sus amigos, conocidos y admiradores se acercaron a la funeraria Gaviria para despedirse de ella. A la medianoche, cuando solo estábamos ella y yo en la sala de ve-lación, caminé hasta la cabecera del ataúd, acerqué un butaco para sentarme y le canté a capela unos quince boleros, los que ella más amaba.

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