LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
¿Quién es Bob Dylan?

¿No resulta extraño que, a lo largo de cinco décadas, Bob Dylan haya sido una de las mayores deidades del mundo de la música y que, sin embargo, sepamos tan poco de él y de su estilo de vida? Por eso le planteamos seis sencillas preguntas. Por: Tom Junod


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Esto es lo que sabemos de Dylan y de cómo vive: Es dueño de un castillo; su domicilio principal queda en malibú; tiene seis hijos y diez nietos; nada y boxea . Y, eh...

¿Qué te gusta desayunar, Bob Dylan, qué te gusta?
Quedaste mal parado últimamente, Bob Dylan,
pero te sigues haciendo de rogar.
Entonces, ¿qué te gusta desayunar?*

Uno no puede dirigirle la mirada. Si trabaja en alguno de los estadios donde Dylan se presenta, no se le permite mirarlo en lo que va desde su autobús hasta el escenario. Y si toca en alguno de esos estadios —sí, como Jeff Tweedy de Wilco, quien es también músico y comparte cartel— tiene que ver cómo enfrenta esa situación causada por el privilegio y el problema de la cercanía con Dylan. Va a estar por ahí y de pronto él va a llegar, y tendrá que decidir si se permite sostenerle la mirada.
Tweedy sintió que no le estaba permitido mirarlo a los ojos a mediados del año pasado, cuando participó con su grupo en la gira Americanarama de Dylan. “En el primer o segundo concierto de la gira, yo estaba en el área de vestidores, que es un montón de remolques en forma de U. Dylan estaba a punto de subir al escenario y llegó ahí con su grupo, todos vestidos muy elegantes. Me vio, y yo pensé que lo mejor era hacer como si no lo hubiera visto, porque sentía que ni siquiera tenía que estar en ese lugar, estorbando”, cuenta. Tweedy estaba a punto de clavar la mirada en el suelo, cuando oyó que Dylan le decía, “Hola, Jeff, ¿cómo te va, amigo?”. No dijo más, no era necesario. “Fue el momento más emocionante de mi vida”, afirma Tweedy. “Pensé, ‘ojalá los demás hayan visto que me habló, que de verdad me saludó’”, remata.

* Les preguntamos a los representantes del señor Dylan qué le gusta desayunar.
Su respuesta: “Siguiente pregunta”.

¿Qué tal duermes, Bob Dylan?
¿Qué tal descansas?
El sol sigue brillando cada mañana, Bob Dylan,
y tu banda de siempre sigue tocando.
Entonces, ¿qué tal duermes?**

Bob Dylan es el personaje público más discreto en el mundo con su vida privada o el hombre más público sobre su discreción. Se le señala como silencioso y huraño, pero no es ninguno de los dos. Ha dado entrevistas —polémicas, eso sí— a lo largo de toda su carrera, que se extiende por más de cinco décadas. Tiene 72 años, ya publicó un libro autobiográfico y firmó contratos para escribir dos volúmenes más. Ha sido locutor de su propio programa de radio. Expone sus pinturas y esculturas en galerías y museos por todo el mundo. Hace diez años fue coguionista y protagonista en la película Masked and Anonymous, que trata sobre su propio anonimato disfrazado. Se dice que actualmente trabaja en un nuevo disco de estudio, que sería el número treinta y seis en su discografía y, año tras año, noche tras noche, en sus giras sigue apareciendo en escena para interpretar canciones inigualables en su sinceridad y su hondura. Aunque tiene fama de poco comunicativo, Dylan siempre ha sido un hombre que no se calla sus verdades.
También es cierto que no ha bajado la guardia, que ha logrado preservar su misterio con el mismo cuidado con el que ha alimentado su leyenda, e incluso después de toda una vida de revelaciones compulsivas sigue estando en un lugar aparte, no solamente en relación con su público, sino también en el caso de quienes sí lo conocen y lo quieren. Ha sido toda una hazaña, pues la carrera pública de Dylan empezó justo en el amanecer de la era de la apertura total, y continúa activa ahora que comenzamos la era de la vigilancia total; se ha visto en la necesidad de proteger su privacidad en una época en la que se ve muy amenazada. Pero la defensa de su derecho a la privacidad nos interesa precisamente porque es tan enigmática y paradójica como sus demás reclamos a lo largo de los años. Sí, es un tema importante para él, “de la mayor importancia, absolutamente fundamental”, en palabras de su amigo Ronee Blakey, la estrella de Nashville que cantó con Dylan en su gira Rolling Thunder. Y sí, la importancia de su privacidad es la única lección que se ha dignado enseñar, a tal grado que sus amigos Robbie Robertson y T. Bone Burnett la han incorporado en sus vidas. “Ambos lo aprendieron de Dylan”, cuenta Jonathan Taplin, quien fue coordinador de giras de The Band y ahora es profesor en la Universidad del Sur de California. “Han aprendido cómo mantener resguardados sus asuntos y llevan vidas muy discretas. Es la escuela de Bob Dylan; los tipos listos que trabajan con él siguen su ejemplo en eso. Robbie vive con mucha discreción. Y T. Bone cuida tanto su privacidad que cambia su dirección de correo electrónico cada tres o cuatro semanas”, afirma Taplin.
¿Cómo hace Dylan? ¿Cómo le hace saber a la gente que lo rodea que necesita proteger su privacidad? No les dice nada. Simplemente lo entienden. Eso es lo que hace que el tema de su privacidad sea tan “dylanesco”. Es que va a otro nivel, no es nada más Dylan y su privacidad, sino que la propia privacidad de Dylan es un asunto privado, a tal punto que su mánager me dice por teléfono: “Ah, eres el tipo que va a escribir sobre la privacidad de Bob Dylan, ¿cómo no te vamos a ayudar?”.

** Les preguntamos a sus representantes
sobre los hábitos de sueño de Dylan.
Su respuesta fue: “Siguiente pregunta”.

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Hey, ¿sí comes carne, Bob Dylan?,
¿Te gusta o no comer carne?
Te vemos en anuncios de autos, Bob Dylan,
que parecen afectar tu imagen
y nos vendes tus recopilaciones, Bob Dylan,
pero, ¿te gusta o no comer carne?***

Es culpa nuestra, por supuesto: es por nosotros que Dylan practica la privacidad como una forma de arte, por nosotros que abjura de la política, por nosotros que se aleja de nosotros, por nosotros que ya no habla con nosotros desde el escenario. “¿Qué diablos hay que decir?”, ha preguntado, y añade que no importa lo que diga, siempre querremos que diga más. Que nos conduzca. Que nos diga los significados de sus canciones. Que toque sus canciones de la misma manera cada noche, tal como las interpretó cuando grabó sus discos. Desearíamos que se uniera a nuestras causas. Que emitiera profecías. Que nos contara sobre su familia y, si no nos contesta, nos reservamos el derecho de escarbar en su basura.
Este es el discurso habitual: Dylan como eterna víctima, como medida de nuestros pecados. Pero hay otro discurso en el que Dylan no es solamente el primero y más grande poeta intencional del rock, sino también el mayor patán del rock. El poeta amplió la noción de lo que es posible expresar con una canción; el patán redujo la noción de lo que es posible expresar por parte del público en respuesta a una canción. El poeta amplió lo que significa ser humano; el patán toma nota de cada falla de la humanidad y lleva la cuenta de sus deudas, que no olvida ni perdona. Así como reescribió el cancionero popular de las últimas décadas, Dylan reescribió la relación entre el intérprete y su audiencia; su sello es lo que lo distingue de sus colegas en el negocio de la música y de quienes han seguido su ejemplo. “Nunca fui de esos músicos que quieren ser uno más del público, parte de la multitud”, declaró, y en esa frase seguramente reside uno de sus logros más perdurables: la transformación del público en una masa que todo lo consume y todo lo ignora del artista, en un “ellos” sin cercanía posible.
“Tocamos con Paul McCartney en Bonnaroo, y lo que pasa con McCartney es que quiere que lo quieran tanto…”, cuenta Jeff Tweedy. “Tiene mucha energía, se entrega por completo, toca tres horas y canta todas las canciones que la gente le pide. A Dylan todo ese rollo no le importa nada”.
Su vida y su arte se han combinado para crear un examen oral y escrito que nunca se acaba y que la mayoría de nosotros reprueba. La única manera de aprobarlo es ir a sus conciertos, ya que como el propio Dylan declaró a la revista Rolling Stone hace unos años, “los únicos fanáticos que conozco son los que veo frente a mí cuando estoy en el escenario, noche tras noche”. Es conocido por alterar su propias creaciones y dejar sus grandes clásicos irreconocibles, pero con el paso de los años también sus admiradores han envejecido y el examen se ha vuelto aún más riguroso. Además de “haber decidido no tocar la selección de canciones que sus más antiguos seguidores quisieran oír”, como afirma John Scher, uno de los promotores con los que ha trabajado durante mucho tiempo, “ha escogido tocar ante un público que lo ve de pie, que es algo que los viejos seguidores no disfrutan tanto”. Es decir que, al ofrecer boletas para sus giras, sus promotores prefieren venderlas todas en localidad general, sin asientos. Es como si obligara a los viejos a estar de pie por horas, como si les dijera (en palabras de Scher): “Si no puedes ver el concierto de pie, no deberías estar aquí”.
No es que sea, necesariamente, más huraño que McCartney, Van Morrison, Neil Young o Bono; en realidad, sabemos tan poco de sus vidas privadas como de la de Dylan. Lo que sí es cierto es que Dylan ha perfeccionado la dinámica que hace su privacidad al mismo tiempo posible e intolerable: el poeta necesita al patán. El patán necesita al público. Y cuando asistes a uno de sus conciertos, tanto el poeta como el patán te tienen justo donde quieren tenerte.


*** Preguntamos si Dylan es vegetariano.
La respuesta: “Siguiente pregunta”.

¿Cómo escribes tus mensajes, Bob Dylan?
¿Cómo los escribes?
Tú mismo te aíslas, Bob Dylan,
Te cierras las puertas,
Y nos das la vuelta.
Entonces, ¿cómo escribes tus mensajes?****

He aquí una anécdota sobre Dylan, donde no aparecen ni el poeta, ni el patán. Se la contó su bajista a Tweedy. Al bajista se la contó una amiga. La amiga es la coprotagonista. Iba caminando por la calle en Memphis, cree recordar Tweedy. “Se asomó a las ventanas del  sótano de un hotel y vio a Bob Dylan nadando en la piscina, con su guardaespaldas. La chica decidió asomarse y ver qué pasaba si lo saludaba. Así que entró al hotel, fue hasta la piscina, lo saludó y Dylan se tomó varias fotos con ella. Ella le dijo que era su gran admiradora y él le preguntó ‘¿a cuántos de mis conciertos has ido?’. La chica contestó ‘a veinticinco’. Y Dylan remató: ‘qué bárbara, ¿cómo aguantas tanto?’”.
Hay muchas historias parecidas, sobre Dylan sin su caparazón de famoso; Dylan, el que se toma el tiempo de dar autógrafos, que solo duda cuando alguien le pide firmar vinilos antiguos, porque sabe que la gente hace negocios con ellos; Dylan mientras posa con la hija de un padre que espera pacientemente al pie del escenario; Dylan agradecido de ser tratado por fin como un ser humano más. Hay suficientes de estas anécdotas como para plantear la pregunta: ¿eso es todo lo que Dylan quiere, ser tratado como cualquier hijo de vecino?
Probablemente la respuesta es negativa, porque se sabe que Dylan también acostumbra mirar al frente como si la gente no existiera, cuando se le acercan, y mostrarse duro e inexpresivo, hasta que acaban por irse.
Y lo que vuelve interesantes esas anécdotas es que la única persona que puede decidir su desenlace es Bob Dylan, así que uno nunca sabe cómo le va a ir. Por ejemplo, el año pasado Wilco y My Morning Jacket se fueron de gira con él. Ambos grupos sabían que iban a abrir sus conciertos, pero se suponía que solo Jim James de My Morning Jacket iba a poder convivir con Dylan e incluso improvisar un rato. El resultado, si bien predecible, funciona como una metáfora de los caprichos de la redención: Jim James, que iba con todas las expectativas, acabó frustrado, mientras que
Jeff Tweedy, que iba resignado a no hablarle a Dylan, regresó a casa con bastantes anécdotas que contar, como la vez que estaba esperando tras bambalinas y le dijo a Dylan que Mavis Staples le mandaba saludos. Tweedy ha producido a Staples y Dylan ha sido amigo de la cantante desde los días en Greenwich Village, así que le respondió con una de esas frases en las que se especializa, inocente y cargada de magia, con un giro sorprendente que recuerda los de las letras de sus canciones: “Viejo, ¡dile a Mavis que debía haberse casado conmigo!”.
La cuestión de a quién le dirigirá o no la palabra Dylan es una de las más recurrentes en su vida pública, y ni la amistad ni la preminencia son factores en la respuesta. Se rumora que no le habló a su colega y amigo Willie Nelson en una gira reciente, y Ron Delsener, quien ha sido promotor de Dylan durante décadas, dice que cuando organizó una gira con él y con Van Morrison por Inglaterra en 1998, llegó un momento en que tuvo que hablar con el coordinador de giras de Dylan para hacerle una petición: “Tiene que hablarle a Van”. Es más, cuando Dylan aceptó la Medalla Presidencial de la Libertad de manos del presidente Obama, no se quitó las gafas oscuras y apenas se quedó unos momentos al coctel después de la ceremonia.

**** Al preguntar si Dylan utiliza correo electrónico, sus representantes solo dijeron que tal vez. O tal vez no.

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