LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Formas de evasión, la nueva novela de Felipe Restrepo Pombo

¿Quién no ha soñado con ser otro? Víctor Umaña, un hombre atormentado, siempre ha respondido a ese impulso: desaparecer sin dejar rastro. Un testigo anónimo se obsesiona con su historia e inicia una persecución que lo lleva a rastrear las pistas que este personaje ha dejado desperdigadas. Formas de evasión (Seix Barral) es un relato sobre las fuerzas ocultas que nos habitan, sobre los límites de la identidad y sobre la subjetividad de los recuerdos. La primera novela del periodista bogotano Felipe Restrepo Pombo, director de la revista Gatopardo, llegó a librerías durante la primera semana de julio. 

 


Cada vez su cara se ponía más roja por tomar alcohol, especialmente la nariz, que además era bulbosa, como si no tuviera tabique. Antes podía beber botellas enteras de whisky o decenas de cerveza y apenas si se sentía mareado, y ahora, después de años de bebida, un vaso de cerveza lo dejaba borracho. Con el tiempo había empezado a tener lagunas. Antes era capaz de conducir un carro, caminar en línea recta, hablar de corrido, pero ahora olvidaba todo lo que había hecho o tenía recuerdos borrosos de la noche anterior. Los días de embriaguez tranquila quedaron en el pasado. Muchas veces despertaba con la cara hinchada, sin saber qué había ocurrido. Cuando tomaba, insultaba, arrojaba lo primero que encontraba al piso.

Su paranoia se intensificó. Hablaba solo, titubeante, o peleaba con seres imaginarios. Daba golpes al aire. Cuando no tomaba se irritaba, la ansiedad empeoraba. Apenas ocho horas después de haber tomado el último trago empezaba a sentirse nervioso o triste, sentía frío y al tiempo sudaba, no podía controlar el temblor de las manos. En esos lapsos de espera entre tragos apenas comía. El simple olor de los alimentos le provocaba náuseas. El corazón le latía muy rápido. Pero nada de esto le importaba tanto como la sensación de que no estaba pensando con claridad. Su astucia y agilidad mental, que siempre lo sacaban de problemas, habían desaparecido para dar paso a un permanente estado de embotamiento.

Las resacas eran un infierno. De hecho, venían acompañadas de pesadillas grotescas. Despertaba con un dolor de cabeza que no se iba. La luz, natural o de una lámpara, era insoportable. El menor ruido le producía el aura de la migraña, esa advertencia fatídica acompañada de breves destellos, punticos de colores, la antesala de un estallido en su cabeza. Como el alcoholismo, la causa de la migraña es desconocida. El dolor de cabeza puede ser un síntoma de una enfermedad o puede ser él mismo la enfermedad. En ese caso el remedio no va más allá de reposo y un Ibuprofeno. Pero el Ibuprofeno lo hacía gritar de dolor en la boca del estómago. La migraña, punzante en el lado derecho de la cabeza, duraba hasta dos días seguidos. Casi podía ver cómo el lado derecho de su cabeza palpitaba. Entonces volvían los síntomas: escalofríos, inapetencia, sudoración, náuseas.

Y estaban los cálculos. Había padecido desde los treinta años esas piedras compuestas de pequeños cristales, en el riñón o el uréter, que impedían el paso de orina a la vejiga. La fiebre llegaba primero y poco después un dolor que no le permitía estar de pie. Un dolor tan agudo como un tizón ardiente en la espalda, la ingle y los testículos. Un dolor tan fuerte que el vómito era la reacción inmediata. Cuando llegaban los ataques, se retorcía y gritaba por todo la casa como si le estuvieran atravesando el cuerpo con fierros incandescentes.

Eso, en cuanto a las dolencias reales. Además, casi a diario, experimentaba varios síntomas más que lo llevaban a creer que padecía enfermedades incurables. El dolor de cabeza y las náuseas no podían ser otra cosa sino un tumor en el cerebro; la menor fatiga, una muestra de que sus pulmones habían dejado de funcionar; el temblor leve en las manos, la enfermedad de Parkinson; una molestia en los ojos, glaucoma. Estaba convencido de que tenía problemas cardiacos —amparado en cierto ritmo cardiaco acelerado—, presión alta, exceso de colesterol, y que su hígado y su estómago estaban destrozados por la cantidad de drogas y litros de alcohol que había tomado a lo largo de su vida. Un día, en medio de alguno de sus ataques, dijo: «Durante veinte años no he conocido un solo día efectivo de salud».

***

«Hay voces», me dijo una madrugada Umaña. Al principio no lo escuché porque su voz era cada vez más un susurro: por momentos parecía que se tragaba las palabras, que las inhalaba como el humo de sus cigarrillos. Le pedí que repitiera lo que acababa de decir. Lo hizo, ya irritado, un poco más fuerte: «Sí, hay voces». No supe cómo reaccionar, así que opté por guardar silencio y pretender que no había oído nada demasiado trascendental.

Pero Umaña nunca permitía las salidas fáciles.

Así que volvió a la carga muy rápido. Con un tono todavía más fuerte pero con la mirada extraviada, continuó: «Espero que no sea tan estúpido como para pensar que le estoy diciendo que me imagino cosas. Estoy absolutamente lúcido. Pero me parece evidente que hay voces». Me sentí obligado a contra preguntar esta vez. No quería saber mucho, sin embargo sentí que Umaña iba a insistir y que podía ponerse violento si lo ignoraba. Entonces continuó: «Están ahí. Solo hay que poner atención para oírlas». Lo cuestioné sobre la existencia de estas voces, quería saber si estaban dentro de su cabeza. «Claro que no», dijo en seguida, «están ahí». «¿En el aire?», me atreví a preguntar. «No, las voces no están en el aire. Están fuera, por ahí. Los árboles y los animales las tienen. Las cosas también tienen voz. Pero no todo el mundo las puede escuchar», dijo.

Pensé que, de nuevo, era una trampa: que estaba jugando conmigo para luego burlarse o humillarme. Yo apenas había dormido un par de horas la noche anterior y estaba seguro de que él no había descansado. Había estado despierto también, leyendo y bebiendo. Supuse que podría seguir borracho o que, simplemente, sufría una migraña. Aunque esta vez parecía estar hablando muy en serio. Me arriesgué y le pregunté si estas voces le hablaban directamente a él. «Algunas veces me hablan a mí, otras veces hablan entre ellas. A veces están furiosas»: por primera vez detecté en él un sentimiento que parecía cercano al miedo. Pronto se repuso. Notó que yo estaba intrigado y que podía haber detectado un punto débil de su personalidad.

«¿En qué momento las oye?» insistí. Me respondió que desde que tenía memoria las había escuchado. Pero que ahora hablaban más fuerte y lo hacían a la madrugada. Entonces, en la quietud de las primeras horas del día, eran claras y contundentes. «Los muertos también tienen voces. Aparecen muy poco, pero cuando lo hacen son muy intensas. La de mi papá, por ejemplo, es muy nítida. Me dice que siente mucho haberme decepcionado y no haber estado a la altura de su hijo», siguió. La conversación se detuvo de repente, a pesar de que todavía tenía mucho por hablar, pues quise preguntarle si alguna vez su padre le había contado sobre el mío o sobre las torturas a tantos inocentes, pero no me atreví a hacerlo.

Umaña dijo que estaba cansado y que quería dormir todo el día. Sacó de un cajón de la cocina un pequeño frasco de vidrio oscuro y tapa blanca: era Rivotril. Lo abrió y puso un par de gotas en el dorso de su mano derecha. Enseguida las lamió. El medicamento pareció hacer efecto muy rápido, porque a los pocos minutos ya se estaba tambaleando. Avanzó hacia su cuarto y no hizo más ruidos.

Me quedé pensando en lo que me acababa de contar. Pocas veces durante nuestra convivencia había sido tan elocuente. Casi nunca había percibido un arrebato de sinceridad tan apabullante. Se acercaba a una confesión. Desde luego me había contado cosas personales: sobre su pasado, sobre algunas de sus frustraciones y sus antiguas amistades. Pero nunca había hablado de una emoción o había bajado la guardia. Quizás eran esas voces las que ponían en marcha cada uno de sus planes de fuga.

Pasé casi toda la mañana perdido en esas reflexiones. Cuando se acercaba el mediodía, Umaña no había hecho un solo ruido. Así que me aventuré a ver qué ocurría. Me acerqué con sigilo y descubrí que su puerta estaba abierta. Su cuarto era muy pequeño y sin ventanas. Había dejado un camino de ropa mientras se dirigía a su colchón, en el que, seguramente, cayó profundo por la dosis de Rivotril. Tirado sobre el viejo colchón parecía un cadáver. Estaba acostado de lado y pude ver la parte trasera de su cuerpo. Tenía puestos unos calzoncillos blancos ya raídos y con manchas amarillentas. Observé su cuerpo: su piel era tremendamente blanca, como si no hubiera tomado el sol nunca. Si bien todavía era delgado, sus caderas eran anchas y daban la impresión de que tuviera puesto un flotador de bebé. Su espalda era peluda y estaba salpicada de lunares y verrugas de diferente color y tamaño. En su pierna se alcanzaba a ver la cicatriz de la herida que lo había dejado cojo.

Dio un sobresalto, tosió, y se acomodó bocarriba. Respiraba con movimientos irregulares. Su panza, en todo su esplendor, también tenía verrugas y una maraña de pelos que se extendía por su bajo vientre y llegaba hasta sus muslos.

Podría haber entrado para observarlo más de cerca. O para asfixiarlo. Pero lo dejé reposar. 

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