LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Los viajes de Walter Astrada

El fotógrafo argentino Walter Astrada, ganador de tres World Press Photo, cumple su sueño de infancia: darle la vuelta al mundo. Bajo el calor abrasador de Bangkok nos contó cómo hizo para recuperar la ilusión de tomar fotos. Por: David López Fotografías: Salva Campillo (aquí arriba), y Walter Astrada (las demás).


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Lilian quería que su hijo fuese ingeniero aeronáutico. Por eso, cuando comenzó a aprender mecánica de aviones se puso contenta. Aún más cuando consiguió trabajo en el aeroparque, el mismo aeropuerto del centro de Buenos Aires al que solía llevarlo de pequeño a ver despegues y aterrizajes. Eso explica que pensara en ‘matarlo’ el día en que le dijo que quería ser fotógrafo. Meses después, cuando le anunció que acababa de renunciar al trabajo como mecánico, le colgó el teléfono.

Hoy, su hijo, Walter Astrada (Buenos Aires, 1974), no repara aviones, sino las llantas y los amortiguadores de una enorme moto Royal Enfield cargada con tres cofres de aluminio en la parte posterior. Esta es, literalmente, su casa desde hace un año, cuando empezó a cumplir ese sueño que tenía de niño de darle la vuelta al mundo.

Un sueño reincidente que decidió convertir en realidad mientras trabajaba en Haití, tras el terremoto de 2010. Allí se planteó, por primera vez, la pregunta de cómo hacerlo: ¿Caminando?, demasiado lento. ¿En bicicleta?, más rápido, pero agotador. ¿En moto?, sí, sería en moto.

Aunque entonces no tenía ni siquiera licencia para conducir una —la sacó dos años después—, hoy ya es todo un motociclista experto a bordo de su Royal Enfield, una de esas máquinas que veía pasar ante él durante sus trabajos en la India. Voluminosa, relativamente cómoda y dura. Hierro puro. Y fácil de reparar. “Un tanque”, como la define él. “Un tractorcito que va avanzando lentamente, porque nunca la pongo a más de ochenta kilómetros por hora”. Cumpliendo la tradición motera, Astrada bautizó a su máquina, a la que decidió llamar Atenea: “la diosa de la sabiduría, porque hay que tener sabiduría para viajar”.

—Además es suficientemente grande como para impresionar a las mujeres que no saben de motos…

—¡Yo no necesito la moto ni el viaje para impresionar a nadie!

Astrada no es el primero que cierra su casa, empaqueta, carga las alforjas y se echa a la carretera. Tampoco el único que entre el equipaje imprescindible lleva una cámara de fotos o que publica su cuaderno de bitácora en Internet. La diferencia es que el suyo no es un viaje para cortar de tajo con su pasado, pues aunque haya dejado todo atrás, su profesión lo acompaña. El argentino ríe sentado en un taburete en la sala de exposiciones Cho Why, en el Chinatown de Bangkok, rodeado de una docena de sus fotografías en blanco y negro, mientras afuera arde de calor la capital de Tailandia.

Todo gran viaje suele partir de la ilusión o de la necesidad. Este también. “Antes de empezar a trabajar como fotógrafo de La Nación, en Argentina, hace ya más de 20 años, iba siempre con mi cámara. Luego comencé a dejarla después de trabajar y a no tomar esas fotos de la vida diaria en donde no hay noticia detrás. Ahora vuelvo a ese inicio: voy con la cámara colgando y si veo algo que me gusta, lo fotografío. Y disfruto. Sin ninguna presión”, dice. La ilusión es evidente de dónde surge: de recorrer el planeta, de verlo todo, o casi todo; de poder viajar sin fechas —más allá de las que obligan los visados—, sin mapas, improvisando si quiere, parándose, saltando de uno a otro país solo con la idea más o menos clara de que este año lo pasará en Asia, de que quiere ir a Australia, de que el año que viene debería alcanzar América del Norte y de que el objetivo es bajar hacia el sur y terminar, tarde o temprano, en su Argentina natal. Pero también hay detrás cierto impulso dado por la desilusión. Sobre todo, de la necesidad de cambio y acción que esta genera.

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Carro abandonado junto a una carretera principal de Ktismata, Grecia. 

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