LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
El fantasma de Ernest Hemingway

De todos los escritores varones blancos muertos, Ernest Hemingway es el más varón, el más blanco y el más muerto. Derrotado como ícono y relegado al lado perdedor de muchas historias, es un cliché vergonzoso. Incluso en Finca Vigía, su casa, se ha convertido en un chiste monstruoso. Por: Stephen Marche


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La casa es baja, plana y blanca, y a pesar de los estafadores circundantes, de los buses llenos de turistas y del pequeño bar que usa caña de azúcar para vender sobrevaluadas bebidas de piña, el lugar conserva mucho de su dignidad. Los escritorios que nunca usó se ven como si él hoy pudiera trabajar en ellos si tan solo dejara su hábito y decidiera, repentinamente, escribir sentado. El sofá original donde Clark Gable durmió —porque las camas que había eran demasiado pequeñas— todavía está allí. Y la piscina en la que Ava Gardner nadó desnuda —“no desocupen la piscina”, les dijo luego Hemingway a sus trabajadores— permanece vacía. Las habitaciones están llenas de recuerdos;  algunos de los mejores recuerdos jamás escritos del siglo XX: una enorme cabeza de búfalo africano evocadora de Las nieves del Kilimanjaro o los carteles de toreo que una vez sirvieron como portadas de Fiesta. Con las ventanas aún abiertas, la casa de Hemingway es espaciosa y compacta, calmada y llena de vida.

Entonces aparecieron los senadores estadounidenses. Al Franken (senador por Minnesota) no paraba de hacer bromas con un gigantesco par de cuernos de alce, ganándose las risas de la audiencia.  Luego, en el cementerio de perros —sí, Hemingway tenía un pequeño cementerio de perros, justo detrás de la piscina—, Franken se dio cuenta de que había una tumba con la inscripción “Linda”. “¿Era una de sus amantes?”, le preguntó al guía, quien le respondió con una educada sonrisa. Franken vio una oportunidad cómica: “Hazme un favor”, solicitó, “en uno de cada diez tours que hagas, tienes que decir que era su amante”.

Mientras los senadores volvían del cementerio de animales a la casa principal por un sendero de piedras sombreado, interrogué a Franken sobre lo que todo el mundo se estaba preguntando: ¿qué pasará con Cuba ahora que el embargo está a punto de levantarse? El hombre hizo un intento por responder como lo haría un estadista en un país extranjero. “Bueno, creo que las cosas van a cambiar”, dijo sin comprometerse. Pero luego fue incapaz de parar, “solo quería llegar aquí antes de que lo hiciera Chipotle”. 

Hemingway escribió su primer artículo para Esquire hace más de 82 años. En el revistero de la sala de estar de Finca Vigía, permanece una copia de la edición mayo de 1935, donde publicó otra de sus habituales columnas. Antes de que la revista tuviera nombre, Arnold Gingrich, director y fundador, viajó de Chicago a Nueva York para seguirle los pasos a Hemingway, hasta dar con él en una extraña tienda de libros que frecuentaba. “No es exagerado decir que en un comienzo, él era nuestro principal activo”, recordó Gingrich en la columna que escribió después de que Hemingway se suicidara en Idaho, en 1961 —lejos, muy lejos de su amada La Habana—.

Al parecer Hemingway quería un bote de 7000 dólares. Había conseguido 3500 de su segunda esposa, Pauline, quien se recuperaba de un terrible parto por cesárea y estaba determinada a no quedar embarazada nuevamente—como era católica y no creía en el control natal, solo tenían coitus interruptus—. Le dio el dinero para el bote con el fin de atarlo a ella de alguna manera. Gingrich se las arregló para conseguir el resto del dinero —para atarlo a Esquire—  y juntos compraron Pilar, un navío para la pesca del marlín construido según las especificaciones del escritor y que puede verse hoy en un dique seco de su casa de La Habana.

La historia del escritor estrella de esta revista comienza con esa compra. Acá tienes el bote. Ve a escribir sobre el mar.

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