LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Sofía Gómez, una mujer que nos quita la respiración

Esta es la historia de Sofía Gomez Uribe, la joven apneista colombiana que será, dentro de muy poco, la mejor del mundo. Perfil en profundidad, nunca mejor dicho. Por: Daniel Rivera Marín / Fotografías (retratos): Ricardo Pinzón Hidalgo / Cortesía Daan Verhoeven


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Abrió los ojos y vio sangre.

Se había desmayado con suavidad. Ahí estaban las aletas rígidas, el traje como un caucho pegado a la piel, las gafas bien ajustadas. Y estaba la sangre. Pensó que venía de los pulmones —algún desgarro—, que tal vez era un problema irreversible, temió estar lejos del agua. Pero el miedo se terminó cuando se pasó la mano por la cara y se dio cuenta de que la sangre venía de los labios. Minutos antes se había deslizado por la piscina con la naturalidad fingida que tienen los hombres en el agua. El objetivo era llegar a ciento noventa metros de nado con monoaleta sin sacar la cabeza, a puro pulmón. Cuando cruzaba los ciento setenta se sintió en plena forma, llena de oxígeno, pero llegó a los ciento ochenta y el mundo, tan sólido, se perdió. Desde afuera los jueces vieron que seguía nadando, se demoraron segundos —diez metros— para darse cuenta de que lo que veían no era una nadadora sino el estertor de una nadadora. Como cuando un cuerpo sigue moviendo las extremidades después de muerto, Sofía siguió nadando cuando se desmayó.

Era 2013. Era el inicio. Sofía quería clasificar al Mundial de Piscina y la marca que tenía que romper para clasificar era espeluznante: ciento noventa y cinco metros, y el récord nacional era de ciento setenta y cinco metros. Y quince metros caminando y con la nariz bien abierta, son nada; pero nadando y con los pulmones aguantando dos minutos y medio todo el oxígeno, son la eternidad. Por blackout, Sofía no pudo clasificar, perdió la competencia.

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Sofía Gómez Uribe tiene veinticuatro años y una sonrisa plena. Tiene, también, cifras insólitas: puede quedarse sin respirar cinco minutos y así ha logrado tres récords panamericanos: piscina dinámica con aletas, ciento noventa y cinco metros; profundidad: peso constante con aletas, noventa y tres metros, y en inmersión libre ochenta y cuatro metros; y el récord suramericano en peso constante sin aletas, sesenta metros. Nació en Pereira —en abril de 1992—, pero vive en Medellín. Esta es una tarde veraniega de mayo y ha llegado en bicicleta hasta un café después de atravesar media ciudad y su caos. Pide un tinto oscuro y rechaza el vaso desechable, ella trae el propio. Luego se tomará una foto y la publicará en Twitter, donde tiene más de seis mil seguidores y contando.

—Entrené como una semana antes de la competencia. Mi mejor marca antes de ese blackout eran como ciento setenta metros. Yo creía que podía lograrlo, pero después de los ciento ochenta no me acuerdo de nada. Cuando me desperté estaba fuera del agua. Los safeties se quedaron pasmados y fue el juez quien me sacó, al sacarme me pegó contra el muro —Sofía se ríe con ganas—. Yo no sentía una parte de la boca y pensaba que me había dado una trombosis, cualquier cosa loca, pero me pasé la mano y tenía sangre.

En 2016 sufriría su segundo blackout, pero ya en el mar, en competencia y en las Bahamas. Intentaba hacer sesenta y dos metros sin aletas, donde el esfuerzo físico es mucho más pesado, el avance más lento y, para un inexperto, no ella, más desesperante: pensar desde el fondo, ver la superficie trémula tan lejos. Era una profundidad que ya había logrado muchas veces en entrenamiento. Pero cuando se metió en el agua sintió algo de nervios, pensó que la competencia iba a estar difícil. Se sumergió, bajó en vertical los sesenta y dos metros, lo hizo con fluidez, agarró el tac y se devolvió. A un tercio de la profundidad se encontró con los apneístas de seguridad, vio el primer safety y se dijo que ya estaba, que había llegado. Vio el segundo y de eso no recuerda nada. Llegó a la superficie y cuando sacó la cabeza le dio el blackout, se desmayó. A los cinco segundos despertó, la inmersión ya había sido invalidada.

—Pero esto no es peligroso. Ahora estoy tomando valeriana para tranquilizarme y me está sirviendo, pero en esa competencia no estaba haciendo nada para calmar los nervios, y eso es muy importante.

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