LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
El rifirrafe por la Nueva Cinemateca Distrital en Bogotá

El cine suele ser un mar de anécdotas, muchas de ellas divertidas, otras heroicas y, en nuestros países, que en el manejo de la cultura son “bananeros”, la mayoría de esas anécdotas resultan penosas. Por: Jaime Manrique. 


La anécdota en esta ocasión se refiere a un proceso que tuvo cierta visibilidad en los medios, que reveló mucho de lo que somos y que les voy a resumir haciendo especial énfasis en los puntos de oscuridad: el debate en torno a la construcción de la Nueva Cinemateca Distrital en Bogotá.

Quizá no lo sepan, tranquilos, no se apenen, pero en Bogotá, como en la mayoría de ciudades serias del mundo, existe una Cinemateca. No es una sala de cine, aunque también lo es. En general suelen ser instituciones de mucho respeto, que además de ofrecer una programación completamente alejada de lo que el mercado exige, concentrándose en procesos autorales, movimientos, pequeñas cinematografías, experimentaciones, tendencias alternativas... cumplen un papel pedagógico a través de procesos de formación de públicos, abren espacios para el debate sobre el cine que se hace en cada región del mundo y publican constantemente textos que permiten dejar una huella sobre las miles de reflexiones que el cine y la cultura audiovisual merecen. Pero además tienen funciones de preservación y restauración de materiales que solo de esa forma llegarán con vida a las siguientes generaciones. 

Volviendo al tema, en nuestra capital existe una cinemateca que hace todo eso y más, en un recinto inadecuado que ya hace bastante tiempo se quedó pequeño. Y lo logra con tres pesos. La pasada administración distrital (que a pesar de ser pésima tuvo, curiosamente, una gestión cultural impresionante) logró que se guardara un dinero para construir una nueva Cinemateca, una que le llegara al menos a los talones a una ciudad que no para de crecer.

La nueva administración llegó y empezó a barrer con lo pasado, para demostrar que lo nuevo es mejor. En medio de esa barrida se dio cuenta de que había una ‘platica’ guardada que le servía para algún proyecto genial, pero que para crear cultura le hacía ruido.

Pese a los esfuerzos por ocultar el oscuro objetivo mientras hallaban la forma jurídica de mover los recursos a otro lado y hacerlos insalvables, el sector cinematográfico del país se enteró. Se movilizó entonces una petición por redes, se sumaron los medios, y hasta nuestro nominado al Óscar fue al concejo y se tomó las fotos necesarias para visibilizar el problema.

El ruido hizo recular los esfuerzos por detener a la Nueva Cinemateca. Horas después los administradores de la cultura bogotana dieron parte de victoria por haber salvado el proyecto, con la exquisita novedad de tener toda la voluntad para realizarlo tal como estaba planteado hacía poco más de un año. Impresionante capacidad teatral, sin contar el oportunismo discursivo.

Son muchas las conclusiones posibles, pero se las dejo a ustedes. Vergüenzas ajenas, miles, pero se las dejo a ellos. Lo más valioso de lo ocurrido es que por primera vez se demostró que quienes entregan la vida por el cine en este país, que lo trabajan día a día filmando, creando, gestionando, exhibiéndolo, no se dejan derrotar fácilmente, quizás aún tienen mucho por aprender, pero son una fuerza cultural valiente que no se arrodilla frente al político de turno por los dos pesos posibles. Poco más que decir. Bravo

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