LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Verónica Castilla, una 'güera' ocañera

Fue Una mujer que amamos en nuestra pasada edición de mayo. Hoy vive en Los Ángeles, pero acá todavía la recordamos. Por: Marcelo Porto Fotografía: Ricardo Pinzón Hidalgo Video: Andrés Camilo Gómez


Lo primero que me advirtió mi editor al encargarme este texto fue que no se me ocurriera empezar con comparaciones ridículas entre las cebollas ocañeras y la protagonista de la historia —también ocañera—. “Eso déjeselo a otras revistas, muchacho”. Tras decirle que no insultara mi inteligencia con esa insinuación, procedí a borrar el primer párrafo en el que hacía justamente eso.

En fin, con mi prosa limitada por la tiranía editorial comenzaré diciendo entonces que esta nortesantandereana de 31 años puede que no le resulte tan familiar, porque la mayor parte de su carrera como modelo y presentadora la ha hecho en el extranjero. Pero si la mira bien, si hace memoria, se dará cuenta de que lo más probable es que haya visto antes esa cara, pues ha salido en varios comerciales (Kellogg’s, Chocolate Corona, Vitane, Hinds, Nosotras), revistas y videos musicales. ¿Nada? No importa, acá le cuento por qué va a recordarla de ahora en adelante.

Me dice desde Ciudad de México, a través de Skype (después de media hora intentando conectarnos porque ambos resultamos ser un desastre con nuestras claves y nombres de cuentas), que la suya es una historia de superación. La de una niña guapa —la típica en la que todas las señoras veían a una reina en potencia— que viene de una familia humilde que vivía en una vereda ignota de un pueblo remoto de un país aislado, pero que decidió que no se iba a conformar con ser una modelo de pasarelas locales (de hecho lo fue, modeló varias veces a cambio de un par de jeans) o concursante del Reinado Nacional de la Cebolla Ocañera® (desconozco la existencia de este certamen, pero acabo de registrarlo, por si acaso). 

Esa niña, la hija de Mercedes y Antonio, la hermana menor de Hámilton, era tímida al extremo de no hablar. Pero con todo y su mutismo tomó el valor que requería vender la moto que le habían regalado de quince años (una de segunda y que pasó más tiempo varada que en movimiento) para irse a vivir a Bogotá recién salida del colegio, a pesar de la oposición de su papá. El objetivo era participar en un concurso de modelaje que finalmente no ganó. Pero tampoco se desanimó. Decidió quedarse sola, en un cuarto frío de Chapinero, con un book poco inspirador bajo el brazo. Así empezó a probar suerte en agencias de modelaje que le cerraron las puertas una tras otra. Terminó trabajando en ventas corporativas para un gimnasio, y fue ahí en donde la joven a la que le daba vergüenza hablar tuvo que espabilarse.

Una imagen: “La primera vez que fui a venderle el producto a una empresa, la idea era afiliar a 500 empleados, pero yo era supertímida. Me senté toda encorvada y de repente me dice el gerente de recursos humanos: “¿Es tu primera vez?, se te nota”. Y empieza este señor a darme cátedra de cómo tenía que vender la afiliación. Al final, salí con un cheque por la inscripción de 500 empleados”.

Un par de años en ese trabajo le dieron el impulso económico para hacerse con un book “decente”, entrar a una buena agencia e iniciar por fin su carrera en el modelaje. Y a estudiar Administración de empresas —porque la belleza es efímera y todo eso...—. En el entretanto estuvo a punto de representar a su departamento en el reinado de Cartagena, pero fue vetada por haber posado en ropa interior. No es que le afectara demasiado, en todo caso, ¿a quién le importa el reinado nacional por estos días?

Luego, hace ocho años, le llegó la propuesta de irse a trabajar a México. Dejó su empleo en una financiera, su apartamento en el parque El Virrey y aterrizó en el D. F., en donde empezó a irle tan bien que terminó quedándose. Se consiguió un novio (un galán de televisión), participó en innumerables campañas y todo pareció un cuento de hadas hasta que el galán le rompió el corazón.

La tusa la llevó a vivir a Miami, en donde entró a la agencia Elite, una de las más prestigiosas del mundo. “Vivía en South Beach, andaba en moto, era la chica de la playa”. Allí tomó clases de locución y dice que aprendió a neutralizar el acento, lo que, en términos prácticos, significa hablar mexicano (ni rastros del nortesantandereano). Cuando regresó a México ya no era solo la modelo que además trabajaba en marketing, sino también la presentadora, una faceta que este mes la llevará a vivir a Los Ángeles, en donde estará al frente de un nuevo espacio televisivo del que no puede hablar mucho. “Fui a varias productoras con el reel de mi programa de México y les dije ‘quiero vivir y trabajar acá’. Y me decían, ‘sí, pero no tienes visa’. Y yo les decía, ‘por eso’ je, je”. La exniña tímida le cayó bien a un ejecutivo, que le dio la mano por haber tenido los pantalones para buscar su oportunidad. 

Ahora, al otro lado de la pantalla, desde México —en donde ya vendió sus muebles—, me dice: “Pues si Sofía Vergara llegó de 32 años a Estados Unidos y hoy tiene una estrella en el paseo de fama, Why not?”.

Verónica se hizo una carrera de la nada, triunfó en un país extranjero, ya llegó hasta acá… Sí, ¿por qué no? 

La encuentra en Instagram y en Twitter como @verocastilla.

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